Donde las palabras se encuentran

Noches para las palabras

Las palabras se las lleva el viento

Hace tiempo que no escribo para nadie. Hace tiempo que no dejo que las palabras fluyan, sin preguntas, sin contemplaciones. Pero hoy es uno de esos días, uno de aquellos ocasos en los que me siento junto a mi ventana, y simplemente escribo. Los he tenido a cientos, pero hacía tiempo que no se daba algo así. Quizá sea el verano, quizá sea mi inminente cumpleaños apenas a veinte minutos luz, la vista al pasado, las esperanzas en el futuro… o puede que todas esas cosas juntas y amalgamadas en una noche de estío.

Hoy escribo para el viento. Escribo palabras que serán llevadas por la brisa y serán eternas, o por contra perecerán en el intento. Escribo por los viejos amigos, por los nuevos y los que nunca se fueron. Escribo como autobalance a la vida, como exámen a los días que consumo a cada paso que doy.

Dicen que las palabras se las lleva el viento, ¿pero dónde las lleva? Tengo claro lo que quiero, lo que deseo hacer con mi vida, y eso me da cierta tranquilidad. Llenar el mundo de historias, de ficciones y verdades entremezcladas en un solo ente; de victorias y triunfos; de pérdidas y abandono; desesperación y esperanza; fuerza y temor; de tramas urdidas cuyo final estalle y atente contra los límites del arte. Eso, amigos míos, es lo que quiero hacer con mi vida.

Los días son maestros, enseñan que al andar se cae, y al caer uno se incorpora. Diluyen su ensayo magistral en experiencias adquiridas que nos marcan, nos forman y nos moldean. ¿Quienes somos si no aquello que hemos visto? ¿Quienes somos si no lo que nos hiere y nos desgarra? ¿Quienes sino el amor que nos vuelve locos y embelesa los sentidos? Vivir es sentir, y escribir es plasmar la vida, dejar una huella impresa de nuestro paso por ella, de nuestro insignificante impacto sobre la sociedad global que nos engulle. ¿Qué puede haber más artístico que una vida en si misma?

La palabra es directa, la palabra no miente si sabes escucharla, si saboreas sus giros y contoneos. La palabra nunca es vil porque avisa de sus pecados. La palabra se arrepiente, siente remordimiento y vergúenza, la palabra ha incendiado mi vida con un fuego que ya jamás será apagado. Y sobre estas cosas pienso, sobre estas cosas vierto mis pensamientos abstractos en los minutos previos a mi vigesimo tercer cumpleaños. No pretendo que nadie lo entienda. Simplemente necesitaba hacerlo.


Encuentros en la noche

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bajo estrellas varadas se escribieron las baladas,
las de la vida triste, las de los sueños y escapadas.
Sueños cobran vida, incertidumbre concertada,
Las palabras solo existen si una voz les da las alas.

Son las noches de mementos, de recuerdos y chorradas,
son encuentros en la noche, de remiendos y coartadas.
De la vida que no viene, de la vida que se escapa,
del soñar que se persigue y de su estela conjurada.

Soledad de quien comparte, con quien siempre es uno solo,
compañías que  embelesan, dejan rastro sus antojos.
Son las noches de truhanes, capas negras y estandartes,
las oscuras confesiones de los que aún osan amarse.

Inseguro es el camino, bajo el sol de mil lugares,
mas la magia de la noche lo guarece de los males.
¿Qué tendrán esos encuentros y sus ritos ancestrales?
Sus secretos más guardados, sus  vivencias abisales.

En la noche no hay tormento, no hay penurias de mortales,
las historias se hacen regias, mueren reyes inmortales.
Encontrados en la noche, los que viven se hacen grandes,
su camino está marcado, más allá de nuestros mares.


Noches en vela

El calor de las noches es la excusa perfecta, el falso testimonio necesario para que las palabras emerjan sin importar las consecuencias. Olor a césped mojado y tierra en los zapatos, la pluma cobra vida por si sola contando historias que fueron, historias que debieron ser, e historias que jamas serán, jugando a enlazar destinos que se cruzan sin llegar a tocarse, y describiendo el choque de otros que no estaba planeado que se rozasen siquiera.

Como a un vaquero que se fuma un Lucky Strike ante una cámara de televisión, la confianza me vuelve en forma de cortinillas de humo, que pueden desvanecerse igual que vinieron; con un soplo de viento. Las editoriales son la nueva prostituta del barrio y se venden al mejor postor, dejándose penetrar por vampiros adolescentes que brillan al sol, y novelas pseudo profundas que no son sino un burdo elenco de vanidades. El hecho de que alguien con contrato a tiempo parcial haga la primera criba leyendo apenas dos frases de una novela no es demasiado alentador, pero como un niño que desea ser astronauta, a uno solo le queda ponerse el casco y esperar que el golpe sea menos doloroso.

Las letras, al fin y al cabo son lo que siempre quedará de nosotros cuando ya no nos quede nada. A veces pienso que la vida no le da importancia a las cosas verdaderamente importantes. Nos hemos olvidado de preguntarnos de donde venimos o hacia donde vamos, viviendo vidas alquiladas con interés variable, cuyos beneficiarios son las modas absurdas y el infame capitalismo.

Después de que el hombre hiciese fuego y dijese “esta cabra es mía“ ya no había vuelta atrás. Llamamos civilización a lo incivilizado, a una destrucción cancerígena de los recursos que nos sustentan, y a un abandono paulatino y silencioso de los valores que debieran erigirnos como una raza equiparable(al menos) a las demás.

Aún así, la vida es maravillosa. Cada segundo que pasa es un regalo fugaz que nos brinda la oportunidad de cambiar todo aquello que detestamos, o al menos salvaguardar nuestra conciencia sabiendo que tratamos de tratar intentarlo. Pero no me hagan caso, son las noches de verano las causantes de estas, mis quimeras sin sentido.


Ignífugo

Aveces es necesario escribir palabras ignífugas, vocablos ardientes que nos queman por dentro, carbonizando lentamente el corazón. En ocasiones, es cuestión de vida o muerte exorcizar esos términos, sacarlos de lo más profundo y desterrarlos al fuego, donde sus llamaradas fatuas se confundan con otras mechas chispeantes de menor intensidad.

En ocasiones es fluctuante y doloroso el roce de las letras. Aflige y condena ocultar sus matices ocultos, sus significados incluso envenenados. Existen al igual momentos en que las frases son solo verborrea, oraciones desprovistas de poder, incapaces a pesar de su potencia, de causar un efecto balsámico, de curar nuestras heridas más profundas.

He aquí la gran contradicción, de encontrarse ante ambas situaciones a la vez. de vivir en un querer y no poder. De gritar y comprobar que no sale la voz, de ahogarse en un quejido lastimero que no es siquiera competente como para causar un leve desgarro.

Y son a la vez esos instantes una vorágine de sentimientos, un agujero negro de sensaciones turbias y desesperadas, que no hacen sino acrecentar la impotencia. Unas falsas declaraciones de modestia que minan nuestro orgullo y nuestra capacidad de deslumbrar.

No obstante no abandonaría esos segundos por nada del mundo, esas fracciones volátiles en que parece que las leyes de la física se derrumben para tendernos la mano. Esos desvaríos lunáticos que hacen que todo cuanto sucede tenga razón de ser. Esas experiencias casi místicas que condenan casi cualquier otra forma de observar el firmamento.

Son mis desvaríos cambiantes… y por suerte los padezco bastante a menudo.


Los proyectos fallidos

Parece que haya pasado una eternidad de esto. El caso es que hoy, rebuscando en toda la gran cantidad de borradores y demás que he escrito a lo largo de mi vida. Me he encontrado el primer intento de libro que hice. La verdad es que es reconfortante darse cuenta de que realmente llevo toda la vida haciendo esto, y aunque el proyecto murió, he sacado mucho de los personajes caóticos de aquellas 60 páginas que escribí.

El libro se llamaba “Las palabras huecas”, y puede que algún día, dentro de años, decida acabarlo. Ahora, me contento con ver como escribía entonces, y deleitándome con algunos de los poemas esquizofrénicos de aquel personaje quijotesco que se llamaba Edmundo.

Edmundo era un tipo corriente. Uno de esos mecánicos e insulsos trabajadores sobrealimentados de café, con una vida desaborida que ralla la aberración. Uno de tantos, una de tantas manchas grisaceas que se pierden en la multitud. Una de tantas vidas anónimas, como la vuestra o la de vuestros vecinos. Un desorbitado y malgastado proyecto de persona que tras la muerte apenas alcanzaría el apelativo de anecdótico.

Lo único destacable de la vida de Edmundo era que no destacaba en nada. Guardaba los mismos trapos sucios que cualquier familia media de hoy día, no era más que lo de siempre, padres divorciados, disputas familiares, los cuatro amigos de toda la vida, Elisa, el trabajo, la universidad.

Todo aparentemente normal si tenemos en cuenta que nuestro querido Edmundo tiene unos envidiables 22 años.

La ajetreada vida de las calles españolas habían llevado la vida de Edmundo a un lugar determinado en el tiempo y el espacio, del que ni siquiera había intentado salir, pues no sabía como, y se atenía a aquello de “Mejor malo conocido que bueno por conocer”.

Sin embargo, había algo que diferenciaba a Edmundo del resto de los “afortunados” jugadores de este gran juego que es la vida.

Si bien los aspectos de su día a día eran como los de cualquier otro, había algo que los transformaba en algo totalmente diferente, y este algo no era otra cosa que el propio Edmundo.

Aquí entramos en la parte complicada, y es que Edmundo resulta indescriptible. Un personaje tan peculiar que apenas llamaba la atención. Todo en si mismo una contradicción.

Edmundo podía parecer en ocasiones tímido. Pocos eran quienes sabían que en realidad le costaba interesarse por la gente, veía sus existencias desaprovechadas, sus risas vacías, sus palabras huecas, faltas de carisma, carentes del más mínimo interés, acerca de temas banales, tan mundanos que se estremecía al escucharlas.

Fue el mismo Edmundo quien me pidió que escribiera estas palabras, y la verdad es que, conociéndolo tan bien como lo conozco, no habría podido negarme. Es curioso, parecía que Edmundo lo dejaba todo al azar, y sin embargo hoy me da la impresión de que lo tenía todo planeado. Como no, estamos ante otra de las tantas incongruencias de la vida de mi querido amigo.

Hoy, tengo la sensación de que desde el primer momento él quiso que todo fuera así, tal cual esta sucediendo, hoy me invade la certeza de que el sabía que algún día yo escribiría estas palabras, y que de la misma forma algún día tu las leerías.

Hecha esta pequeña introducción, será mejor que sea él mismo quien os lo cuente todo. Sería por otra parte imposible que nadie lograra contar los hechos de la misma forma que él, pero bueno, eso es algo que muy pronto descubriréis.

Así empezaba esta pequeña joya de valor solo sentimental, que significó el comienzo de lo que después desembocaría en “El síndrome de Korsakoff”. Y en realidad mucho de su esencia hay en mi primera novela, así como en la segunda, que está en construcción. Para rendirle un pequeño homenaje, aquí dejo una de los desvaríos alocados que escribía el pobre Edmundo:

Que será de esta, mi mente,

aveces demente, aveces inteligente.

Leo mis antiguas rimas y me enorgullezco, engrandezco.

Me abruma la complejidad y la sencillez de la vida.

Hoy estamos aquí,

mañana quien sabe.

¿El porqué de nuestra existencia?

Hay tantas y tan pocas razones…

todo son contradicciones.

¿Regalo divino, tortura?

¿Qué es la vida?

¿Un juego, un ensayo…

o tal vez el acto final de una ópera narrada?

Tantos caminos por elegir

y tan pocos elegidos…

¿Libertad? ¿Castigo?

¿Vivimos según lo que somos, según lo que fuimos

o según donde nacimos?

Solo se que la vida es eterna

y a la vez es un suspiro.

Que la vida nos recuerda

pero el tiempo nos lleva al olvido.

Solo se que no se que es la vida,

aun habiéndola vivido.


Preguntas irrelevantes

¿Qué hacer cuando se vuelve a soñar? ¿Qué hacer cuando las notas discordantes de una vida errante nos dan esperanza de nuevo? No más vagar, no más caminos sin destino, no más caricias engañosas ni embustes del destino. No más canciones de falsas esperanzas, sino estribillos de triunfos y alabanzas.

Se acabó la espera, se acabaron las templanzas. No más tediosas injusticias ni descompensadas balanzas. Que tedia el hastío y cansa cada suspiro, que exaspera la falta de brío y nos lleva a terrenos baldíos.

Basta ya. Que harto del trigo infructífero esta el hortelano, que harto del frío tardío está este crudo verano. Que llegue el otoño, que nos cubra de su dorado, que caigan las hojas y perdure su tapizado, que se derrumben castillos y caigan los reyes tiranos. Que triunfe el triunfo y perduren sus legados, que no queden humildes barcos varados, que naveguen libres, quietos, callados… que ondeen al viento sus velas blancas, que se reunan al otro lado.

No más preguntas irrelevantes. No más búsquedas insensatas que no llevan a ningún lado. Basta de cuestiones corruptas, basta de huir del astado. Que ya solo los hechos importan, solo las historias que que no se han contado. Que ya los helechos no sueñan, con crecer como el arbol soñado, que ya sus raices son fuertes, y deben ser recordados.

No. Fuera los prejuicios y las falsas morales. Que resuenen laúdes  y giman cornetas, que eso ya se ha acabado. Que se abran las puertas que nunca se abren, y se engrasen sus giros pesados. Que se abran ventanas enormes, y sueñen desamparados.


Noches para las palabras

Hay noches que pertenecen a las palabras. Momentos hipnóticos de lluvia repiqueteando en la ventana, de músicas melancólicas sonando a bajo volumen, de pensamientos alocados y juicios perturbadores. Son instantes de búsqueda y encuentros bajo la luna menguante; que afecta a nuestro raciocinio igual que al vaivén de las aguas.

Son tiempos de vigilia, que desearías que nunca acabasen; segundos de lucidez amparada por la oscuridad, que clama a gritos escapar, hacerse escuchar. Momentos de soledad conexa, mientras te preguntas cuantas personas habrá escribiendo junto a la ventana en esa misma fracción de segundo, en tu misma ciudad. Discusiones bohemias y charlatanas con uno mismo, que descubre que se conoce cada vez más.

No lo duden señores, las noches pertenecen a las palabras, y hasta el peor poeta ha sentido ese “algo” especial, esa sensación de infinito, de magia, de libertad… De soñar despierto leyendo un libro totalmente arropado, y no querer despertar.


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