La experiencia José Arnauda
Con motivo de la inclusión de mi primera novela: “El síndrome de Korsakoff”, en el plan de estudio de cuarto de ESO en el colegio José Arnauda, acudí el pasado jueves día 16 a dar una charla informativa a los alumnos de dicho ciclo educativo. Durante la ponencia, recordé para mis adentros y a los mismos estudiantes que yo mismo me senté en esos pupitres pocos años atrás, y emocionado, constaté que la orla de mi promoción todavía puede verse en los pasillos que dan a la secretaría del centro.
En colaboración con la profesora de lengua y literatura Lucía Orquín, he elaborado un plan de evaluación “algo diferente”, en el que se pretende incentivar la lectura entre los más jóvenes, y eliminar el clásico examen de libro que suele realizarse. Hablé a los alumnos del proceso creativo, y de lo difícil que es el mundo editorial cuando uno aún no es nadie y pretende llegar a serlo. Los estudiantes, que se mostraron más que satisfechos con la propuesta, estuvieron muy activos durante la ponencia, haciendo innumerables preguntas.
Al término de la segunda evaluación, cada alumno deberá haber leído la mitad del libro, y elaborar una hipótesis sobre lo que presumiblemente está sucediendo, en una trama manchada por la locura y el asesinato. Acudiré entonces de nuevo a las aulas, y se realizará un debate en el que los jóvenes deberán posicionarse a favor o en contra de los diferentes personajes. Este tipo de planteamiento novedoso ha provocado que los alumnos estén ilusionados por el trabajo, y según me comentan los profesores, para mi satisfacción, los chavales quedaron muy contentos con la charla y la rueda de preguntas.
Cuando uno empieza hay experiencias que tienen un valor incalculable, intangible. Más allá del beneficio económico o del arduo camino del literato, días como el pasado jueves son los que hacen que todo lo que uno hace tenga sentido, que todo el esfuerzo y el empeño tengan su razón de ser. Porque, no miento si digo, que pocas veces he sentido un cosquilleo como el que sentí el día dieciséis al entrar al aula de audiovisuales y ver a todos esos jóvenes esperándome, queriendo escuchar lo que yo les contaba. Hace unos siete años era yo el que hubiese estado allí sentado con una sonrisa en los labios, y esos mismos profesores con los que hoy colaboro, fueron los que un día me enseñaron a apreciar el valor por las palabras. Es, de forma algo extraña y rebuscada, como el pez que se muerde la cola.
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Tot el que siga motivar a estes personetes per a que contribuir al seu ensenyament és benvingut. Enhorabona per la iniciativa.
21 diciembre 2010 a las 13:58
Moltes gracies Viper, l’altre día em vaig donar conter de lo gratificant que resulta poder estar d’avant d’uns chavals tratan de trasmetre tot allò que mes mos apasiona. Desde luego la faena de profesor deu ser apasionant!
21 diciembre 2010 a las 18:44
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